Mi casera, que vive sola, es hermosa y dulce. Sus pechos voluptuosos y su cintura sensual se asoman apenas bajo su largo vestido, y siempre me fascina. Un día lluvioso, la casera, por naturaleza despistada, olvidó su paraguas y llegó a mi casa empapada. Sus pezones desnudos, inconscientemente atractivos, y sus bragas transparentes destrozaron por completo la racionalidad de este hombre solitario. Acaricié sus pechos egoístamente, estimulé su vagina con fuerza, y mi deseo estalló, provocándome una eyaculación directa. Hoy, mi casera volvió a olvidar su paraguas, así que...