Mi esposa, Mizuki, y yo hacía siglos que no hacíamos el amor. Aunque no habíamos discutido mucho, simplemente nos habíamos distanciado sin darnos cuenta. Esta vez, por fin tomé la iniciativa de invitarla a un viaje tan esperado. Al verla comer croissants junto al mar, recordé el momento en que nos conocimos. Al verla disfrutar de ese delicioso capricho, sentí su encantadora y adorable sonrisa. De vuelta en el hotel, al verla con sus enormes nalgas caídas, sentí de nuevo una oleada de amor del primer año...