La mujer, evitando la mirada de todos, se frotaba la vulva con la esquina de una mesa… Sus movimientos de cintura, acelerados y rápidos, la llevaron a repetidos orgasmos. Al descubrir que me observaba atentamente, me preguntó: "¿Puedo frotar esa erección?". En lugar de sentirse incómoda, usó sus nalgas desnudas. Luego, sin condón, me penetró, usando la posición de cabalgata a toda velocidad que había practicado con la esquina de la mesa, lo que me hizo eyacular varias veces. La estimulación, diferente a la de la esquina de la mesa, también provocó que la mujer experimentara repetidamente la excitación. Su comportamiento inesperado y acrobático hizo que mi pene se sintiera a punto de caerse, pero aun así me convertí en prisionero del placer.